Todos alguna vez dijimos una mentira chiquita para quedar bien. Como Manuel, que en una cena inventó que había leído un libro famoso para no sentirse afuera. Al principio parece inocente: uno se siente más aceptado, la charla fluye mejor y nadie se da cuenta. Pero con el tiempo, esa costumbre se vuelve automática. Se miente sobre series, salidas o recuerdos, y sin quererlo se arma un hábito.











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