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11/1/10

DE OYENTES

Sobre paternidad y maternidad responsables.

Antes de que un hombre y una mujer adultos tomen la decisión de tener un hijo (más allá de los motivos), y ese hijo sea engendrado y parido y continúe su vida fuera del vientre materno, tanto la una como el otro deberían estar preparados para todo lo que esto significa. Y no me refiero al amor, que naturalmente brota de cada uno de nosotros ante las primeras miradas que nos identifican como padres, las primeras y las siguientes sonrisas, los primeros pasos, las palabras, las inesperadas ocurrencias. Todo vale para sentir el orgullo y la alegría de ser padres.
Esencialmente, ser padres tiene un alcance mayor que se relaciona con el grado de responsabilidad que asumimos desde el preciso momento en que sabemos que está allí, en el útero, el resultado de nuestra decisión. Y que esa responsabilidad no se termina jamás. Ni siquiera cuando cumple dieciocho años. Porque un hijo es desde un momento y para siempre.
¿En qué consiste, entonces, nuestra responsabilidad? En acompañar y compartir con el otro (padre, madre) cada momento de la vida de esta persona que se va formando en función de sus propias experiencias, de su interrelación con el medio, de los valores que procuramos transmitirle. En la infancia, será el jardín, sus compañeritos, el asombro ante el sol que cayó (¿y entonces lo mataron?), Papá Noel, los Reyes, la hermana que se va a vivir a Buenos Aires para ir “a la escuela de doctores y después me va a curar cuando me enferme”, el miedo a la oscuridad, los abrazos de oso, las pesadillas, el remedio cada ocho implacables horas, las fiebres, los enojos, los cuentos, la alegría, los juegos. La lista puede ser interminable y es, de hecho, maravillosa.
Luego vendrán otras etapas, tan dulces y difíciles como la primera, en que la responsabilidad de ser padres será igual y hasta más significativa.
Nadie está eximido de acompañar al hijo que eligió (y aún cuando no lo eligió) en cada uno de esos momentos de su existencia, con o sin el padre o la madre por el que optó para él. No mientras tenga vida para hacerlo. No podemos delegar esta responsabilidad en otros. Si somos padres, debemos serlo todo el tiempo. No sirven las salidas ocasionales con nuestro hijo, las visitas contadas con los dedos, los regalos. Y si a alguno o a alguna tranquilizan la conciencia, tarde seguramente advertirán que ha sido un fraude esa calma interior.
Nuestros hijos nos quieren y necesitan cada día de diferentes maneras. Hay decisiones sobre las que es imposible dar marcha atrás; y los hijos están entre éstas.

Cristina Sarubbi

DNI 17.648.161