¿Te obsesiona “perder” el tiempo? Qué es la cronopatía


¿Vivís mirando el reloj y llenando la agenda como si fuera un "tetris", en donde tenés que ubicar todo lo que tenés que hacer prolijito, para que no se te desacomode nada y evitar "tiempos muertos? La psiquiatra española Marian Rojas Estapé sugiere librarse de la tiranía de las dos agujas en su libro Cómo hacer que te pasen cosas buenas (Planeta).

La autora cuestiona la famosa frase "no tengo tiempo" que nos excusa de muchos planes ingratos, pero también que -muchas veces- no nos deja disfrutar de lo que sí queremos hacer. ¿Por qué? Porque dice que el tiempo es de lo más democrático que existe, porque todos tenemos las mismas 24 horas del día. Aunque, claro, no todas las personas pueden "elegir" en qué y cómo usar su tiempo, porque las obligaciones o posibilidades a su alcance pueden no ser lo que elegirían para ocupar esas 24 horas. De todas formas, su invitación a "aprender a no hacer nada" es un desafío para muchos en estos tiempos modernos que nos aceleran más de la cuenta. A continuación, un fragmento del libro.
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Cronopatía, la obsesión por aprovechar el tiempo
"El arte del descanso es una parte del arte de trabajar" (John Steinbeck).
Nos encontramos en un momento de la historia donde la máxima aspiración del ser humano es la productividad y la eficiencia. Es lo que denominamos la mercantilización del tiempo.
Hoy se valora de forma positiva todo aquello que se relaciona con la velocidad y la capacidad de aprovechar más el tiempo. ¿Qué consecuencia tiene esto? La aparición de un estrés que, cual enfermedad maligna, se está extendiendo a todos los aspectos de nuestra sociedad, convirtiéndose en crónica y gravemente perjudicial.
El tiempo es el bien más democrático que existe. Todas las personas cuentan con veinticuatro horas en su día. Cada uno es responsable, no solo de cómo rellena el día, sino de cómo percibe la sensación del tiempo. El ser humano se define según la manera en la que organiza su día y, con ello, su vida. Las personas ordenadas consiguen que las horas se multipliquen, porque no olvidemos que «el orden es el placer de la razón». Llegados a este punto podemos diferenciar dos extremos: el de las personas que pierden y malgastan su tiempo con una vida vacía que les conduce a estados depresivos y el de las personas que sufren de cronopatía. ¿Quién no conoce a alguien que no sabe renunciar a ningún plan, que necesita planificar todo su tiempo con mucha antelación y llenar todos los espacios y huecos de su agenda con múltiples actividades? Cuidado con ellos, su vida acaba convirtiéndose en una huida hacia adelante. No olvidemos que las grandes experiencias de la vida no se saborean en el ajetreo de las prisas y el reloj. La vida no es plena y gratificante si no hay paz y quietud en algunos instantes.
¿Sabes descansar de verdad?
Creo profundamente que el descanso verdadero se encuentra en vía de extinción. Ha surgido un nuevo «síndrome»: la cronopatía —cronos ‘tiempo’, pathos ‘enfermedad’—, la enfermedad del tiempo. Decía Gregorio Marañón: «La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa». Vivimos convencidos de que la prisa y la aceleración producen mayores y mejores resultados en la vida. Estamos acostumbrados a que, si intentamos fijar una reunión con alguien, nos conteste:
—No tengo tiempo, estoy ocupado…
Lo asimilamos como normal y correcto.
La inmediatez se ha convertido en un protagonista crucial de la vida. Todo, hoy y ahora. No se espera una semana para ver el siguiente capítulo de una serie y se reclaman los billetes de tren por llegar quince minutos tarde al destino.
¿Quién no ha pasado por la tristeza del domingo por la tarde? Yo lo denomino «el domingo oscuro». Sucede especialmente en personas con vidas intensas entre semana. Los viernes y sábados acuden a diferentes planes con salidas que sobre todo suelen combinar con alcohol. Llega el domingo y muchos perciben un bajón físico y anímico que los lleva a desear que vuelva a ser lunes. ¿La razón? Son caballos de carreras que, semana tras semana, llegan desfondados a la meta. No saben vivir en el descanso. Ese parate genera ansiedad, sentimientos de culpa, vacío y tristeza.
El hombre actual parece que se tiene que excusar tras «una reunión» para poder tener un momento de ocio o de tranquilidad. No queda bien decir que uno está libre o desocupado. ¿Qué sucede? De golpe, un amigo te llama y, todo serio y con mirada preocupada tras un sufrir problemas musculares, migrañas, taquicardias, un ataque de ansiedad o incluso un infarto, te dice:
—Mi médico me ha recetado descansar.
Ahí comienza uno a replantearse la vida, y se inicia una nueva etapa donde a los grandes aspectos de la vida se les da la importancia que merecen.
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El caso de Francisco
Francisco es un directivo de una multinacional que sacó muy joven una oposición a abogado del Estado con una nota muy buena. Desde entonces su trayectoria ha ido en ascenso: empezó en el ámbito administrativo, luego se fue a la empresa privada. En algún momento de su vida se ha dedicado a la política sin llegar a involucrarse al cien por cien. En general, se trata de un hombre al que le encanta estar metido en muchos asuntos: la política, la historia, la filosofía, por supuesto el derecho, le gusta escribir… Por ello, tiene ocupada su agenda desde que se levanta hasta que se acuesta.
Cuando tiene tiempo libre se agobia porque le gusta tener la sensación de que aprovecha el tiempo. Cuando está desayunando con su familia, él pregunta cuál es su plan para el día. Siempre encuentra algún intervalo en el que considera que alguno de ellos aprovecharía mejor el tiempo si hiciera alguna otra cosa diferente. Los hijos se pasan las tardes en el colegio asistiendo a clases extraescolares —música, chino, inglés, arte, deportes—, excepto la del viernes, que a él le gusta que la dediquen a ordenar sus cuartos y a jugar. Y el fin de semana él siempre tiene un plan perfecto organizado —playa, montaña, visitar una ciudad…— y la mujer vive «detrás de él» y muchas veces le confiesa que no le sigue el ritmo, que necesita que pare, a lo que el marido le contesta que la vida hay que aprovecharla y que se encuentran en su mejor momento.
Él se ha empezado a preocupar porque empieza a dormir mal, a tener migrañas y, a veces, vértigo. Decide ir al médico —tras una ardua recolocación de su agenda, pues no tiene tiempo para ello— y le recetan unas pastillas que le hacen efecto levemente. Vive constantemente contra el tiempo y sin capacidad de disfrutar.
La familia viene a mi consultorio con una petición concreta: —Que pare, «que aprenda a no hacer nada».
Pero él expresa que no quiere parar, que esta es su forma de ser, que si frena se agobia, porque no sabe vivir en la calma.
Pauto, para el estado de ansiedad, una medicación a dosis muy pequeñas —infraterapéutica—; al día siguiente me llama para comentarme que se encuentra profundamente adormilado en el despacho. En cuanto se vio frenado un poquito, su cuerpo reaccionó como si hubiera ingerido una dosis brutal de un sedante.
Lo que tratamos de mostrarle es que no sabe vivir en el relax. Él mismo reconoce que en cuanto detecta una sensación de quietud, ahí surge la ansiedad y que esta se apaga en cuanto empieza a realizar una actividad. Lo más importante con Francisco es enseñarle no ya a relajarse —no es capaz de realizar técnicas de relajación, yoga o mindfulness porque le dan taquicardias—, sino a ser consciente de que necesita aprender a descansar.
Ser consciente de esto, lo que se denomina insight, es su primer paso en la terapia. El segundo, que aprenda a realizar un ejercicio que no sea solo dinámico, es decir, que aprenda a «perder» el tiempo y relajarse. Esto lo consigue con mucha dificultad debido a la fuerte resistencia que hay en su interior: él siempre ha sido así, fue educado con muchísima exigencia en el aprovechamiento del tiempo. Por tanto, el pronóstico es incierto.
Lleva varios meses en terapia, ha ido mejorando poco a poco. Ha conseguido dar a la familia momentos espontáneos en los cuales disfrutan de hacer poco o nada o incluso improvisar —cosa antes inviable—.
¿Te obsesiona perder el tiempo? Foto: Shutterstock.
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Aprendamos a parar. Frenar para ver, observar y disfrutar. ¿Te has fijado que para observar y contemplar de verdad hace falta pararse? Corriendo no se percibe la belleza. Deleitarse con un paisaje bonito, con una puesta de sol, con una lectura cautivadora, parar y disfrutar de un pueblo escondido cerca de la carretera, escuchar una canción que nos evoca emociones…, sin sentimiento de culpa o de pérdida de tiempo. Ganamos en salud, en disfrute, en felicidad y en calidad de vida.
Ya lo explicaba Jacques Leclercq en su discurso de entrada en la Academia Libre de Bélgica en el año 1936: el gran filósofo René Descartes tuvo sus sueños y visiones tras varios meses descansando; Newton descubrió uno de los grandes principios de la física sentado bajo un árbol; Platón construyó el pilar de la filosofía en los jardines de Akademos. Ninguno de ellos llegó a sus descubrimientos en un momento de vida frenética. No es corriendo y de forma apresurada como se llega al trasfondo y a la belleza de la vida.
La soledad, el descanso, el silencio, el ir con pausa, son claves para crear y para comenzar los proyectos con ilusión. El mundo está enfermo, efectivamente, sufre de estrés crónico. ¿Cómo va a funcionar la sociedad si creamos seres hiperestresados corriendo y funcionando a toda velocidad? La vida frenética indica que es el entorno quien nos dirige y no uno mismo.
Escuchar la voz interior es uno de los primeros pasos para conocerse y superarse. Esa voz no se escucha ante el frenético ruido de la vida. Paz interior, sosiego…, eso piden todas las terapias actuales. Surgen sin parar, en muchos lugares, cursos de yoga, mindfulness y todo tipo de meditaciones para desconectar del bullicio exterior.
¡Miramos tanto el reloj que no damos tiempo a lo importante! Aprovecha una tarde de domingo y desconecta del teléfono y del reloj; usa el modo avión en casa, sin miedo a desatender una llamada, un correo electrónico, una noticia o un tuit. No necesitas estar en línea las veinticuatro horas del día. Aprende a «perder» un poco de tiempo, ganando en paz y serenidad.
No abarques demasiado. Aprende a renunciar. Vive el momento presente. Intenta saborear la naturaleza, la playa, el mar, la montaña, de vez en cuando. Te abrirás a grandes sensaciones que te llenarán de verdad. Eso sí, sin perder de vista tu proyecto personal. Planifica, ten puntos de referencia, pero disfrutando cada vez que llega un momento especial, deseado o emocionante.
Fragmento del libro Cómo hacer que te pasen cosas buenas (Planeta), de Marian Rojas Estapé




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 marzo 6º, 2019

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