En una pequeña ciudad de Trinidad y Tobago, allá por 1991, un profesor llamado Jerome Teelucksingh miraba el calendario y fruncía el ceño. Cada 8 de marzo el mundo celebraba a las mujeres, y estaba bien; pero ¿y los hombres? ¿Acaso no merecían también un día para reflexionar sobre su rol, sus luchas silenciosas, sus aportes y sus dolores no dichosos?
Jerome recordaba especialmente a su padre, un hombre bueno que había criado solo a sus hijos tras quedar viudo muy joven, el 19 de noviembre. Aquella fecha le parecía perfecta. Decidió entonces proponer el 19 de noviembre como el Día Internacional del Hombre.
La idea empezó modestita: una carta, unas charlas, algunos amigos. Pero poco a poco cruzó océanos. En 1999 la ONU tomó nota y, aunque nunca lo declaró oficial como el Día de la Mujer, muchos países lo adoptaron. Hoy se celebra en más de ochenta naciones.
El motivo no es competir ni restar, sino complementar: reconocer la salud masculina, combatir los estereotipos tóxicos, promover la paternidad responsable, destacar a los hombres como aliados en la igualdad y, sobre todo, recordar que también ellos sufren en silencio suicidios, cáncer de próstata, violencia ignorada.
Así nació el Día del Hombre: de un hijo agradecido que quiso devolverle al mundo un poco del amor que su padre le dio un 19 de noviembre cualquiera.