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En los primeros siglos del cristianismo, hasta el año 313 cuando el emperador Constantino permitió la libertad de culto en el Imperio Romano, los cristianos vivían escondidos y perseguidos. Para reconocerse sin peligro y pedir ayuda a Jesús, usaban gestos discretos.
Uno de ellos era cruzar los dedos índice y medio. Al principio, dos personas lo hacían juntas: cada una ponía su dedo índice sobre el del otro, formando una cruz pequeña. Era una manera callada de invocar protección y recordar la cruz de Cristo. También servía para identificarse entre sí, como un saludo secreto de fe y esperanza.
Con el tiempo, el gesto se simplificó. Ya no hacía falta otra persona: bastaba con cruzar los propios dedos para pedir buena suerte o protección. Así se fue convirtiendo en el símbolo que muchos conocemos hoy, cuando deseamos que algo salga bien.
Este pequeño rito nos recuerda cómo la fe ayudaba a superar miedos en épocas muy duras, y cómo un gesto simple puede guardar un significado profundo.
