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El ramo de novia es uno de los elementos más emblemáticos de las bodas modernas, pero su historia se remonta a miles de años, combinando prácticas simbólicas, supersticiones y necesidades prácticas.
En la antigüedad, en culturas como la griega y romana, las novias llevaban guirnaldas o ramos de hierbas y flores que representaban fertilidad, pureza y nuevos comienzos. Plantas como el tomillo, el romero o el eneldo se elegían por su aroma y por su supuesta capacidad para ahuyentar malos espíritus y atraer buena fortuna.
Durante la Edad Media en Europa, el ramo adquirió un doble propósito. Por un lado, las hierbas fuertes (incluso ajo) ayudaban a disimular olores corporales en una época de higiene limitada. Por otro, se creía que tocar a la novia o poseer un fragmento de su vestido transfería suerte, especialmente en amor y matrimonio. Los invitados, ansiosos por esa "fortuna", llegaban a intentar arrancar pedazos de su atuendo, lo que generaba caos.
Para evitarlo, surgió la costumbre de lanzar algo como distracción: primero la liga del novio y, más tarde, el ramo de la novia. Así, se transfería simbólicamente la prosperidad y fertilidad a quien lo atrapara. La idea de que la soltera que lo recibe será la próxima en casarse es una interpretación más reciente, popularizada en Inglaterra desde el siglo XIV y extendida globalmente en los siglos XIX y XX, especialmente vía Estados Unidos.
Hoy, aunque muchas parejas mantienen el lanzamiento por diversión, otras lo adaptan o eliminan. El ramo sigue siendo un símbolo de amor, transición y buena suerte, evolucionando de amuleto práctico a obra floral personalizada.
