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Picotear entre horas, sobre todo de noche, no es por falta de fuerza de voluntad. Es una batalla que perdemos contra nuestro propio cerebro y hormonas.
Cuando dormimos poco, el cuerpo baja la leptina (que avisa "estoy lleno") y sube la grelina (que grita "¡tengo hambre!"). Por eso terminamos comiendo más, especialmente dulces o cosas rápidas que dan placer rápido.
Si cenamos tarde, el reloj interno del cuerpo se desordena y aparecen antojos fuertes después. El estrés también juega: sube el cortisol y el cerebro busca comida rica en azúcar o grasa para sentir una recompensa (como dopamina, la hormona del "bienestar").
No es debilidad tuya. El cerebro está programado para buscar energía fácil en momentos de cansancio o nervios.
¿Qué ayuda? Dormir bien, cenar temprano (mejor antes de las 21 hs), poner proteína de calidad en las comidas (como huevo, carne, legumbres) y controlar el estrés. Pequeños cambios hacen que sea más fácil resistir la nevera.
No te culpes tanto. Entender cómo funciona el cuerpo es el primer paso para ganar esa batalla.
