El arsénico es un elemento altamente tóxico presente de forma natural en los suelos y aguas subterráneas de varias regiones de Argentina. El arroz, lamentablemente, actúa como una verdadera esponja de este veneno.
La mayor parte de la producción arrocera nacional se concentra en el noreste del país (Corrientes, Entre Ríos, Chaco y Santa Fe), zonas donde existe una importante presencia natural de arsénico. Al cultivarse en campos permanentemente inundados, el arroz absorbe grandes cantidades de este elemento, ya que confunde el arsénico con el silicio que necesita para crecer.
Aunque los productores aseguran que los niveles están “dentro de los límites”, la realidad es que el arsénico inorgánico —el más peligroso y cancerígeno— se acumula silenciosamente en el grano. El consumo diario o frecuente puede representar un riesgo oculto a largo plazo, especialmente en un país donde el arroz forma parte importante de la dieta habitual.
Diferencia entre arroz integral y arroz blanco:
El arsénico se concentra principalmente en la capa externa del grano.
El arroz integral (marrón) conserva el salvado y el germen, por lo que acumula entre un 30% y un 80% más de arsénico que el blanco. Aunque es más rico en fibra y nutrientes, también es considerablemente más contaminado.
El arroz blanco sufre un proceso de pulido que elimina gran parte del arsénico junto con el salvado, pero pierde la mayoría de sus propiedades nutricionales.
En definitiva, tanto el arroz integral como el blanco que se produce en Argentina contienen arsénico. El integral resulta más riesgoso en este aspecto, mientras que el blanco, aunque menos tóxico, sigue siendo un vector de exposición. Muchos especialistas advierten sobre los peligros de la acumulación crónica de este metal pesado, especialmente en niños y personas que consumen arroz de forma regular.
