La voz «gaje» procede del francés antiguo gage (prenda, garantía o estipendio). En la España de los siglos medievales y modernos, los «gajes» eran las remuneraciones complementarias, sueldos o emolumentos
que el monarca abonaba a los miembros de su casa real, a los soldados o a quienes ocupaban cargos públicos, muchos de ellos venales. Así, los «gajes del oficio» significaban originalmente los beneficios económicos o privilegios asociados a un puesto.Con el tiempo, el uso popular invirtió el sentido. Ante las dificultades propias de cualquier empleo, se comenzó a invocar irónicamente esos «gajes» como justificación de los contratiempos. Ya en el diccionario de Terreros y Pando (1787) aparece el matiz negativo de «molestias de alguna ocupación». De este modo, lo que nació como referencia a las ventajas del cargo pasó a designar, con humor resignado, sus inevitablees inconvenientes.