Hace diez años, el neurocientífico Rafael Yuste logró controlar las neuronas de un ratón con láseres y le generó una alucinación visual. Esa noche sintió lo que llama su “momento Oppenheimer”: la misma técnica podía usarse en humanos para bien o para mal.
Hoy existen dispositivos que se compran en internet y, con inteligencia artificial, empiezan a descifrar palabras que una persona piensa sin decirlas. En pacientes paralizados ya se logra leer lo que quieren expresar. El problema es que muchas empresas se quedan con esos datos cerebrales para siempre y pueden venderlos.
Yuste, profesor de Neurociencia en la Universidad de Columbia y presidente de la Fundación NeuroRights, advierte que el cerebro es la última frontera de la privacidad. Por eso impulsa reglas claras que protejan la mente antes de que la tecnología avance más.