Dan Buettner estudia desde hace más de 20 años los lugares del mundo donde la gente vive más tiempo. Y vuelve a decir lo mismo: el barrio pesa más que los genes.
Porque las calles, las veredas y lo que hay a la vuelta de la esquina van formando hábitos. Casi sin que uno lo note. Caminar varias cuadras, subir escaleras y usar menos el auto no se siente como ejercicio. Pero acelera el cuerpo y baja el riesgo de enfermarse.
Por eso, las ciudades pensadas para caminar pueden sumar hasta 4 años de vida. Nueva York es un ejemplo. Allí el movimiento entra en la rutina del día a día.
Lo mismo ocurre en las llamadas zonas azules. Okinawa, Cerdeña, Icaria, Nicoya y Loma Linda. En esos lugares la gente no se obliga a cuidarse. El entorno empuja a moverse, a comer bien y a estar con otros.
Caminar al mercado. Subir por las escaleras. Recorrer el barrio a pie. Son gestos chicos. Pero, con los años, se acumulan.
Y el mundo ya mira las ciudades que invitan a caminar. En el ranking 2026 de GuruWalk, Roma queda primera. Después vienen Madrid y Budapest. Europa sigue adelante.
Sin embargo, América Latina avanza. 14 ciudades de 8 países entran entre las 100 mejores. Santiago de Chile llega al puesto 25 y sube 23 lugares. Medellín queda 32. Ciudad de México, 33. Buenos Aires, 34, con 11 puestos ganados. También aparecen Cartagena, Cusco, Bogotá, Lima y Río.
La idea es simple. No hace falta un plan heroico. Basta un entorno que invite a dar un paso. Y otro. Y otro.