Cada vez usamos menos palabras. Entonces, nos cuesta más contar lo que sentimos.
Según ella, la gente se enferma por falta de palabras. Un dibujito en el celular no alcanza. Porque el vínculo pide frases. Y también pide tiempo.
Además, hay menos paciencia. A uno le cuesta decir lo que le pasa. Al otro le cuesta quedarse a escuchar. Por eso la charla se vuelve un monólogo cortado. Nadie se transforma con lo que dice el otro.
También importa cómo te hablás a vos mismo. Esa voz de adentro arma el amor propio. Y arma la forma en que mirás al mundo. Si te ves como alguien de fiar, así vas a mirar a los demás.
Por último, Sordo dijo que la molestia invita a crecer. No hace falta estar feliz todo el tiempo. Se puede cambiar de opinión. Se puede equivocar. Y se puede ir de un lugar donde no hay bienestar.
