Hoy tenemos más datos que nunca. Y, aun así, nos encerramos en un rincón chico. Solo vemos lo que nos gusta. El resto queda afuera.
Tener más páginas no quiere decir que seamos más listos. A veces pasa lo contrario. La técnica corre muy rápido. El cuerpo, no. Los chicos se adaptan primero. Por eso caen una y otra vez en engaños, en mentiras y en trampas de la web. Cometer errores es parte de aprender.
También dejamos atrás saberes viejos. Antes, un chico del campo tenía que reconocer plantas y animales para vivir. Hoy, un chico de la ciudad sabe usar la pantalla. Pero no lee el monte. Pierde el olfato, el tacto y el arte de hacer cosas con las manos.
Mirá al perezoso. Parece tonto porque se mueve despacio. Pero esa lentitud lo salvó. Sigue vivo. El colibrí, en cambio, va a mil. Nosotros queremos ser como el colibrí. Premiamos el auto más veloz y el celular más potente. Y dejamos de lado la pausa.
Así nace una gente que aprieta botones, repite emociones y casi no piensa. Si la torpeza crece, no es por falta de datos. Es porque elegimos la prisa y soltamos la calma.
