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Amores de antaño Cuando al fin le abrían las puertas, el joven podía ver a su amada... pero siempre ante la atenta mirada de tías y abuelas. - por Cristina Bajo

Recuerdo a mi abuela diciendo, desconcertada ante las costumbres de entonces –corrían los años 50–: “Noviazgos eran los de antes”. Durante los siglos XVIII y XIX, no se decía noviazgo, sino estar prometidos; el joven era el pretendiente y la chica, la pretendida. Estas relaciones eran casi siempre un compromiso serio.

Si eran vecinos, las cosas se le facilitaban al muchacho, pues podía hablar con la chica, proponerle encuentros o confesar sus sentimientos. En caso contrario, debía esperar que alguien lo presentara. Era más difícil aún si era de otro pueblo, de otro lugar –mucho más de otro país–, pues debía traer cartas de confianza para alguien de la ciudad donde pensaba radicarse, y sólo así sería recibido en los hogares de cierto rango.
Una de las costumbres era “pasearle la calle” a la joven con un amigo de la familia mientras ella se encontraba tras las rejas de la ventana con sus amigas. Si había interés, la joven esperaría su paso aunque sólo fuera para saludarse a distancia; más adelante, ella podía hablar con el amigo mientras el interesado aguardaba pacientemente cerca de él.
Después de un tiempo, alguna de las señoras de la casa aparecería y como quien no quiere la cosa, invitaría al conocido a una reunión social que incluía al pretendiente. Eso, si las mujeres de la familia daban el visto bueno.
El intermediario era el encargado de indagar si la “niña” estaba interesada y dar a conocer los méritos del amigo: si estudiaba, si trabajaba en una tienda –oficio muy chic por entonces–, si era serio. Y así pasaban meses.
Cuando le abrían las puertas de la casa, no podía estar a solas con la amada: al principio rodearían a la pareja tías, abuelas y madres; más adelante, primas o hermanas. Pronto sería el momento de declarar sus intenciones y lograr cierta privacidad, como hablar en susurros o tomarse de las manos. El osado, llegaría a robarle un beso en la mejilla, más difícilmente en los labios.
Los regalos debían ser discretos: flores, devocionarios, cintas; pero si avanzaba la relación, podían volverse costosos. Si la “pretendida” no tenía interés, sólo tenía que rechazar, al entrar a misa, el agua bendita que el muchacho, solícito, le presentaría en la punta de sus dedos. El desdén podía herir profundamente al joven.
Alguien me contó, cuando era chica –o quizás lo leí en un libro de memorias–, el caso de un estudiante que un amanecer ve entrar al templo a una joven acompañada de su criada. Fascinado con su belleza y su devoción, comienza a esperarla cerca de la iglesia y se quita el sombrero a su paso, manteniéndolo sobre el pecho, pero ella no le presta atención. Un día, él se planta al lado de la pila y le ofrece impetuosamente el agua bendita, pero ella, sin mirarlo, moja sus dedos en la fuente y sigue hasta su reclinatorio.
Resentido, el joven decide olvidarla. Se recibe en la universidad, viaja por el mundo y regresa, ya maduro, a la tierra en que nació. Recuerda aquella figura angelical y habiéndose encontrado con un amigo, lo invita a su casa y le cuenta la historia. El amigo se lleva las manos a los ojos y le hace saber que ella no podía ver el ademán de él, porque era ciega. Había muerto joven, de melancolía, sedienta de ser amada, pues nunca un hombre se había atrevido a dirigirle la palabra.




















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