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24/2/26

PORQUE NO HAY QUE DESPERTAR A LOS SONAMBULOS


Érase una vez, en las noches oscuras de la antigua Grecia, cuando el sueño era un velo entre dos mundos. Los sabios contaban que el alma, ligera como humo, abandonaba el cuerpo dormido y vagaba libre por reinos invisibles. Caminaba entre sombras, visitaba a los dioses o se perdía en paisajes de niebla.

Una noche de luna llena, en una villa cerca de Atenas, una joven llamada Clío se levantó de su lecho sin abrir del todo los ojos. Sus pasos eran lentos, sus brazos colgaban como ramas muertas, pero hablaba en voz baja con fantasmas que nadie más veía. Movía los labios, gesticulaba, incluso intentaba alcanzar una ánfora invisible. Su rostro permanecía vacío, ausente, como si el alma hubiera olvidado regresar a tiempo.

Su madre, aterrada, recordó las viejas advertencias: “No la despiertes bruscamente. Si el alma está lejos y el cuerpo se sacude, el espíritu puede extraviarse para siempre, quedar atrapado en otro lugar o en otro ser. Entonces, lo que queda es solo una cáscara: un cuerpo que camina, habla y come, pero sin luz en la mirada”.

La mujer contuvo el aliento y esperó, susurrando plegarias a Hipnos. Al alba, Clío regresó a la cama como si nada hubiera pasado, con los ojos aún vidriosos. Nadie volvió a tocarla mientras dormía. Desde entonces, en muchas casas, el sonámbulo era tratado como un viajero frágil: se le guiaba con cuidado, se le hablaba con dulzura y nunca, jamás, se le arrancaba del trance con violencia.

Porque el alma, decían, siempre vuelve… si le das tiempo.