Sus hojas verdes con manchas blancas parecen talladas, llenas de espinas fuertes que protegen a la planta y hasta sirven de barrera natural en campos. Puede crecer hasta dos o tres metros si el suelo es bueno y hay agua. Pertenece a la familia de las margaritas, pero nadie se atreve a tocarla sin cuidado, porque pincha de verdad.
La gente la usa desde hace mucho tiempo por sus cualidades para cuidar el hígado. Las semillas tienen algo que ayuda a protegerlo y a que se recupere mejor, como un aliado natural contra cansancios o problemas del cuerpo.
Lo más bonito es su historia: según la leyenda, cuando la Virgen María daba de mamar al niño Jesús, unas gotas de su leche cayeron sobre las hojas del cardo y las marcaron para siempre con esas manchas blancas. Por eso muchos lo llaman cardo lechal o cardo de María.
Cuando florece, muestra una flor violeta hermosa rodeada de púas. Después vienen las semillas, que el viento lleva lejos con un pelito suave, o las hormigas ayudan a esparcirlas. Al final del verano la planta se seca, pero deja un recuerdo elegante, como en cuadros antiguos.
Con las lluvias del otoño, nuevos cardos nacen en caminos, grietas y descampados. Mejor dejarlos crecer hasta que se sequen solos, porque adornan la tierra y cuentan historias de espinas que curan y protegen.
