Durante cierto momento del sueño, una parte del cerebro que maneja el miedo se pone muy activa, mientras la parte que nos ayuda a pensar con calma se queda más tranquila. Por eso, en los sueños todo parece muy real y sentimos emociones fuertes, como miedo o angustia, sin poder razonar que solo es un sueño.
Muchos expertos creen que estas pesadillas pueden ser como un entrenamiento para enfrentar peligros. Pero cuando una persona vive mucho estrés o ha pasado por algo muy difícil, las pesadillas aparecen con más frecuencia. En los niños son más comunes, junto con otros problemas como caminar dormidos o tener terrores nocturnos. Hay una edad donde esto pasa más seguido.
Las pesadillas no son solo sueños un poco malos. Son más intensas, nos despiertan con el cuerpo alterado, sudando o con miedo de verdad. No sabemos con certeza si sirven para algo concreto, aunque el sueño en general sí ayuda a procesar emociones y guardar recuerdos.
Lo importante es que no son mensajes místicos ni predicciones del futuro. Pero sí pueden avisarnos que algo no anda bien, como un estrés fuerte o un trauma del pasado que todavía duele. En esos casos, las pesadillas repetidas nos ayudan a darnos cuenta y buscar ayuda para sentirnos mejor.
