La fiesta tiene raíces antiguas, de cuando la gente usaba el fuego para alejar espíritus malos y atraer energías positivas. Después se mezcló con la religión cristiana porque está cerca del nacimiento de San
Juan Bautista, un hombre bueno que predicaba y bautizaba, incluso al mismo Jesús. Gracias a los inmigrantes europeos, llegó a nuestro país a principios del siglo pasado y se hizo costumbre en muchos barrios y pueblos.
Acá se celebra con alegría y esperanza. El fuego es lo principal: se prenden hogueras donde la gente salta siete veces para purificarse y tener suerte. Algunos escriben sus deseos en papel y los tiran al fuego para que se cumplan. En lugares como Escobar o Ingeniero Maschwitz es común quemar muñecos llamados "judas" para dejar atrás las cosas feas.
Otros duermen con laurel bajo la almohada para pedir plata, romero para limpiar energías o un cuarzo para paz. En la costa, saltan olas para atraer salud y amor. Todo se hace con cuidado, pensando en renovarse y empezar una etapa mejor.
Es una noche de comunidad, donde el fuego une a la gente y da fuerzas para seguir adelante con fe y positividad.