Una cabezadita de unos 15 a 20 minutos puede hacer mucho bien. Ayuda a que el metabolismo funcione mejor, baja un poco la presión arterial, alivia la carga del corazón y reduce el estrés. También favorece la memoria, el aprendizaje y el buen ánimo para afrontar el resto del día. Incluso si dura solo diez minutos y es reparadora, ya resulta útil.
El catedrático de genética Manel Esteller explica que ese descanso corto actúa casi como un seguro de vida cuando se combina con otros hábitos sanos. En cambio, siestas de una hora o más se relacionan con más riesgo de problemas metabólicos, especialmente en mujeres, y a veces con deterioro cognitivo. Lo ideal es echarla después de comer, no por la mañana, y despertarse con suavidad para no alterar el sueño nocturno.