Algunas marcas, por su enorme difusión, reemplazaron el nombre genérico del producto en el habla de los argentinos. Casos clásicos: Alpargatas, Aspirina, Birome. Otros menos evidentes: Telgopor, Nylon o Maizena. En la era digital se suman Uber o Zoom.
Clarín reunió al menos 70 de estas marcas “camufladas” de la A a la Z. Surgen también ejemplos como Crocs, Franuí, Gatorade, Puré Chef, Rasti, Tramontina, Vitina o WhatsApp. La regla: si nadie duda del nombre, la marca ya es genérica (a diferencia de “Cotonetes”, que convive con “hisopos”).
La clave es la dominancia de mercado más la practicidad (“chicle” por goma de mascar, “cinta scotch” por adhesiva). Esa misma fuerza puede volverse en contra si hay una crisis de otra marca del rubro. Hoy, en mercados fragmentados, este fenómeno se vuelve más raro, salvo en tecnologías nuevas.