Todo empezó en 1952, cuando era adolescente. Un amigo le rompió, sin querer, la uña larga a un maestro. El docente les dijo que solo iban a entender el cuidado que eso pedía si lo intentaban. Los dos chicos se desafiaron. Chillal siguió.
El pulgar llegó a 197,8 centímetros. El medio, a 186,6. El anular, a 181,6. El meñique, a 179,1. El índice, a 164,5. La medición oficial se hizo en Pune, en 2014. Ahí quedó el récord de las uñas más largas en una sola mano.
La vida cotidiana se le complicó. Trabajaba de fotógrafo y tuvo que adaptar la cámara con un mango especial. Durante años casi no pudo usar esa mano como cualquiera.
En 2018 decidió cortárselas. Dijo que había cumplido el objetivo más grande de su vida. Después, esas uñas pasaron a museos de Nueva York y Ámsterdam. Lo cierto es que un comentario de un maestro, dicho al pasar, se convirtió en décadas de cuidado extremo. Vale la pena guardar la historia, más por la constancia que por el número.