En la adultez las amistades no se rompen de un golpe. Se enfrían. Trabajo, pareja, hijos. El tiempo se achica. Y uno se acostumbra a pensar: “si el vínculo es bueno, aguanta”. La psicóloga Carolina Freire dice que no siempre.
Según estudios, para construir una amistad cercana hacen falta cerca de 200 horas juntas. Después, para no perderla, no alcanza con “estar ahí en la cabeza”. Hace falta un gesto. Un mensaje. Una alternativa cuando se cancela.
Lo que más deteriora, dice Freire, no es un conflicto. Es dar por hecho. Cancelar una y otra vez sin proponer otro día. Dejar de contar lo que te pasa. Convertir al amigo en una tarea pendiente: “tengo que llamarla”.
Hay vínculos que aguantan meses sin verse y, cuando se reencuentran, siguen igual. Otros necesitan más contacto. La diferencia está en la seguridad… y en no desaparecer del todo.
Si sentís que se está yendo una amistad que te importa, no esperes que el otro dé el primer paso. Preguntá. Repará. Armá un café. Porque el tiempo libre no aparece solo. Y una amistad adulta se cuida con iniciativa, no con la idea de que es para siempre.