Hace 30 años, el 7 de septiembre de 1996, un camión brasileño se cruzó de carril en la Ruta 12, kilómetro 129, camino a Chajarí. Chocó de frente el micro de Gilda. Murieron siete personas: ella, su mamá Tita, su hija Mariel, el chofer y tres músicos. Su hijo Fabricio, de ocho años, sobrevivió gritando “mamá”. El camionero, en el hospital, pedía pizza a los gritos. Lo condenaron a dos años y ocho meses en suspenso.
Esa noche, Gilda todavía no era tapas. Horas antes había cantado “Fuiste” en América, de blanco, con la tribuna sabiéndose la letra. Se desvió a Villa Devoto para llevarse a la familia. Dicen que sus últimas palabras fueron: “Dormí un rato y después tomamos mate”.
Había sido Miriam Bianchi, maestra jardinera, con una familia que no quería que cantara. Se puso Gilda, por Rita Hayworth, y se abrió paso en una cumbia que la veía flaca, morocha, demasiado dulce. Escribió himnos: “Fuiste”, “Paisaje”, “Corazón valiente”. Giraba hasta 34 shows en tres noches, con los pies sangrando dentro de las botas.
Después del choque, el representante dijo que había encontrado en la lluvia un casete: “No es mi despedida”. Parecía un adiós premonitorio. Toti Giménez y los músicos sobrevivientes lo desmintieron: la cinta estaba en Buenos Aires. Fue marketing. Y funcionó. Nació la santa pagana, el santuario en la ruta y una voz que hoy suena en fiestas, canchas y reels. Ella no llegó a verlo. Tenía 34 años.